Entre todos sus recuerdos se encontraban esos pequeños trofeos que guardaba como muestra de su bondad, que por otro lado no era otra cosa que una forma simple de alimentar su ego. Archivados en una estantería se podían encontrar varias cintas de vídeo, en las que recopilaba los cuatro momentos felices en los que sacó su vena paternal.
A todas las mujeres que pasaron por su vida les enseñó su trofeo. Siempre montaba el mismo numerito. Y en el otro lado la critica absurda de un adolescente que había dejado de tener granos para dejarse perilla.

